No se cuanto permanecimos así, durante ese rato la ventisca simuló desaparecer y una calma, como la que hacía mucho no sentía, se apoderó de mi.
No habían desaparecido ni el odio ni la rabia, pero sí las ganas de seguir luchando. Si eran mis últimas horas de vida prefería no hacer algo que había hecho toda la vida, así que decidí tragarme mi orgullo y esperar a que la ventisca y la tormenta interior de Alistair se calmasen.
No quería enfrentarme a su mirada, me dolía lo que pudiera pasar cuando sus ojos se posasen sobre los míos después de aquel repentino ataque producido, suponía yo, por el miedo inminente a morir. He de decir que ese mismo sentimiento luchaba por aflorar en mí, pero me negaba a tenerle miedo a la muerte, siempre había demostrado valentía en ese sentido y sería una hipócrita tenerlo ahora que sí iba a morir de verdad.
Pero tenerle miedo a Alistair era otra cosa, por un momento me permití la idea de dejar que se fuera y asumir yo toda la responsabilidad.
- Ya ha parado – dijo en lo que pareció un susurro.
Sentí como el brazo aflojaba y por fin pude respirar con normalidad. Hacía rato que había dejado de sentir el dolor de su fuerza, quizá porque me hallaba sumida en demasiados recuerdos o porque su irá había ido mermando sin que yo me diese cuenta.
Evité levantar la cabeza, en cambio miré a lo lejos hacia los altos torreones que, ahora sí, mostraban lo que habíamos venido buscando.
- ¿Has decidido ya? – no supe interpretar el sentimiento de su voz.
- Mi decisión no ha cambiado – seguí sin mirarle.
- ¿Por qué tienes tantas ganas de morir? Y no se te ocurra decir que no es asunto mío cuando quieres cortarme la cabeza a mí también.
- No tengo especial interés en tu cabeza, ni tampoco en morir, pero sí quiero encontrar un poco de paz.
- ¿Paz? Pues vete a las montañas, a una cueva, al desierto… que sé yo. Para mí poner la cabeza en un tronco y dejar que la espada del Rey caiga sobre mi cuello no es un modo de encontrar la paz.
- Tranquilo, le sugeriré que contigo tenga menos piedad que la de su espada y te deje a la intemperie atado a un poste hasta que mueras. Así tendrás tiempo de desear que cien espadas te corten la cabeza cada segundo que pases allí.
- ¿Por qué me odias tanto? – dudó unos momentos - Vale, está lo de tu hermano, pero vivimos un tiempo después de eso y no mostraste tanto odio hacia mí como ahora.
- No te odio, solo estoy harta de ti.
- Si fuese para tanto no habrías aguantado casi una hora pegada a mí hace un momento.
Me alegré de no estarlo mirando en aquel momento, mis ojos habrían delatado el momento de turbación. ¿Una hora? Nunca hubiese jurado que había pasado tanto tiempo… ahora deseaba haberme escapado del abrazo, si es que podía considerarse un abrazo.
10.22.2008
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2 nevecos:
¬¬
y fin o qué?
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