-Deja ese cuchillo en su sitio –
Sonó tan ronca y seca la voz que dijo eso que por un momento pensé que la mismísima tormenta había hablado.
No saqué el cuchillo de su funda pero seguí con la mano en la empuñadura mientras notaba con un leve rubor había subido a mis mejillas como si fuera una niña pequeña a la que pillan haciendo algo malo.
- No deberías juguetear con esas cosas. Al menos no si es a mi a quien piensas matar.
-Tú no deberías juguetear con la gente y cuidar un poco más lo que sueltas por esa boca.
-Nunca has sido muy dada a pillar las ironías… que pena.
-Tú tampoco, lo de mi hermano fue una y mira lo que hiciste – la rabia me llenó los ojos de lágrimas.
Su risa sonó ensordecedora. Por primera vez, en todas las horas que llevábamos esperando debajo de aquel árbol, se volvió hacia mí.
- ¿Ironía? Pues menudas ironías tienes tú. Y no fue ni una ni dos veces las que lo dijiste… perdón lo “ironizaste” – se burló. ¡¿Y ahora pretendes entregarme para que me maten porque TÚ ironizaste con la muerte de tu hermano?! - el fuego ardía en sus ojos.
- Pásate la vida rogando a los dioses y no te escucharán… ironiza un día – lo miré con asco – y aparecerá un cretino que te hará caso.
Acto seguido fui yo la que se encontró con un cuchillo besándome la garganta mientras él soltaba su aliento en mi cara.
- No estamos aquí para volver a discutir lo mismo otra vez, estamos aquí para entregarnos… - logré balbucear.
- Yo no hubiese hecho nada si no tu hubieses dado tu permiso ¡Tú tienes la culpa, maldita sea!
- Suéltame… se que tengo culpa pero yo no lo maté. – lo miré con odio.
- ¿Y así piensa la dama evitar la muerte a manos del Rey?
Dejó caerla mano del cuchillo y con la otra me apretó contra su pecho con una fuerza que yo no recordaba en él.
No estaba segura si lo que pretendía en realidad era asfixiarme pero no intenté moverme al oírlo blasfemar de aquella manera.
1 nevecos:
Quí mono!!! - Parte II
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